Una isla muy pensada

Hace un par de años Alberto Rodríguez se inició con Grupo 7 en el thriller policíaco. Una película interesante, convincente en algunos momentos gracias al carácter de algunos de sus personajes, y que sin duda allanó el camino para La isla mínima.

El director sevillano ha evolucionado y ha dado un salto de calidad en varios sentidos, en especial en la confección del guión. Es una película muy trabajada y sobre todo, muy pensada. Rodríguez y Rafael Cobos construyen una historia con muchísimos detalles, algunos de los cuáles pasarán desapercibidos, otros servirán de anzuelo para el espectador -algo muy creíble desde el punto de vista de una investigación policial- y otros irán encajando como las piezas de un puzzle según vayan pasando los minutos. Ese juego de qué detalles importan y cuáles no, produce una sensación muy gratificante al terminar la película. Pero también hará que expriman sus neuronas para recordar alguna escena en particular, y pensar sí tenía una lectura distinta de la que habían hecho.

Los personajes están construidos de una manera inteligente. Son perfiles muy sencillos y no se indaga en ellos para no quitar el foco de atención del argumento. En el personaje de Javier Gutiérrez se profundiza un poco más, pero son las situaciones y las reacciones a las mismas, las que muestran la personalidad de cada uno de ellos. Es el espectador el que tiene que hacer un esfuerzo para conocerles, esfuerzo que continuará aún finalizada la película. Todo esto podría resumirse en que La isla mínima cuenta con las armas de seducción necesarias para verla de nuevo y poder atar así los cabos de una manera más solida. Esos personajes no muy definidos agrandan aún más la interpretación de Raúl Arévalo y el citado Javier Gutiérrez. Funcionan muy bien como pareja, son antagónicos pero se complementan, lo que ayuda mucho a que las situaciones sean creíbles.

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Además de una historia muy pensada y unos personajes muy inteligentes, el film tiene los ingredientes que debe tener una película del género. El montaje hace que el ritmo vaya aumentando, desde la lentitud inicial de una investigación, hasta la tensión propia de una persecución –muy buenos planos desde el interior del coche- o de una escena violenta. Hay escenas crudas, pero la negrura de la película se respira sobre todo en el ambiente. La dirección artística es potente, hay un gran trabajo de iluminación –en especial en la recreación de los decorados oscuros-, la fotografía de los paisajes es bastante impactante y la colocación de la cámara es muy diversa (planos aéreos muy vistosos, desde el interior del coche, primeros planos, otros jugando con los espejos o con el reflejos del agua, planos generales con encuadres medidos etc.).

La ambientación de los años 80 -en pleno apogeo de la democracia pero con resquicios patentes del franquismo- no sólo está bastante trabajada -una vez más- en varios detalles, si no que resulta transcendental en el devenir de la historia, tanto argumentalmente como en su mensaje denunciador. Y todo ello con la sutil firma de la que venimos hablando y sin caer en el panfleto propagandístico.

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Podríamos debatir si el final es un poco precipitado, si parece un poco decepcionante porque era esperable algo más rocambolesco como vimos el año pasado en Prisioneros, pero si hacen el ejercicio de pensar en los detalles –en especial cuando la vean de nuevo- verán como no todo es lo que parece y que ese desenlace tiene cierto encanto.

Por último, es inevitable que el “color” de la fotografía y las localizaciones como las marismas del Guadalquivir o los caminos secundarios de tierra, unido al ambiente de un pueblo muy humilde y tradicional, nos recuerde a True Detective. Pero la serie de HBO va por otros derroteros, es más oscura, más siniestra, infinitamente más filosófica y religiosa, más profunda en diseccionar el comportamiento de la sociedad y da mucho más importancia a la personalidad de los personajes. La isla mínima podría decirse que por fuera parece True Detective, se visten de manera parecida, pero por dentro, en su interior, lleva la firma personal de Alberto Rodríguez, autor -hasta la fecha- de la mejor película española del año.

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