Un poema visual

En el cine existe el eterno debate sobre si una película tiene que optar por la técnica, o más bien tratar de contar una buena historia que emocione. Evidentemente lo ideal es conseguir ambas cosas, pero no siempre es posible y mucho menos de la manera tan magistral que logró Memorias de África.

Sidney Pollack ya nos anticipó con Las aventuras de Jeremiah Johnson su pasión por la naturaleza, el espíritu aventurero y la libertad de vivir. Con cierto parecido a la Dersu Uzala de Kurosawa, consiguió una película preciosa e imprescindible.

Para la adaptación de la novela de Isak Dinesen volvió a optar por Robert Redford, pese a que Jeremy Irons intentó de una y mil maneras -llegó a telefonear a Meryl Streep- hacerse con el papel. El mismo llegó a declarar:

Sabía que Redford estaba aburrido de actuar y que era la persona equivocada para la película, demasiado viejo y norteamericano, pero era amigo del director, así que se cerró el contrato

La película es un canto al continente africano. Los paisajes son los verdaderos protagonistas de la película. El relato se envuelve en decenas de maravillosas imágenes –excepcional la fotografía de David Watkin– encargadas de llevar el peso narrativo. Los diálogos desaparecen durante varios minutos y las preciosas instantáneas de la fauna y la flora se van sucediendo una tras otra hasta alcanzar una cadencia visual sencillamente memorable.

En este punto hay que detenerse en la secuencia de la avioneta, en mi opinión los minutos más hermosos de la década de los ochenta. Es una verdadera exhibición de planos aéreos. Apunten: El río, las cataratas, el desfiladero de la montaña (este es antológico), los animales corriendo por la sabana africana, la avioneta reflejada en el agua, la mancha rosada de los flamencos sobre el lago Nakuru, la ascensión entre las nubes, y por supuesto, el plano en el que Redford estrecha la mano a una Meryl Streep al borde del colapso emocional. Y todo ello armonizado con la B.S.O. de John Barry que pone los pelos como escarpias. Es de tal belleza la secuencia, que a todos nos entra el impulso repentino de visitar África. Como no podía ser de otra forma, la Academia acabó rendida ante semejante hermosura y la película consiguió 7 Oscars.

Y después tenemos la trama, que algunos acusan de “blanda” y que no lo es en absoluto. De hecho, todo lo que pasa en ella roza el melodrama (infidelidad, soledad, colonialismo, muerte, pobreza…). Para el recuerdo tenemos otra escena magistral (y es que son muchas) en la que ambos, con el fuego de una chimenea de testigo, dialogan sobre su futuro. El alegato de Robert Redford sobre la elección de compromiso o independencia todavía hoy me deja estupefacto.

Para terminar el film, Pollack cerró el círculo tocándonos la fibra sensible con otro viaje en avioneta en el que esta vez sólo había billete para uno. Si eso es ser “blanda”, tienen horchata en las venas.

En los 60 fue David Lean con Lawrence de Arabia. En los 70 Kubrick y su Barry Lyndon. Ya en la década de los 90 Anthony Minguella y El paciente Inglés. Y en los 80, Sidney Pollack y sus Memorias de África. Poquísimas veces en la historia del cine uno es testigo de poemas visuales como estos. Disfrútenlos.

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