Disney también es para adultos

Si el cine fuera una fábrica de sueños –que lo es- resulta evidente que Walt Disney sería el propietario. Una fábrica que ha hecho disfrutar, y sigue haciéndolo, a millones de niños –y no tan niños- de todo el mundo. Saving Mr. Banks (la traducción del título chirría un poco) es una visita a esa fábrica.

John Lee Hancock dirige con encanto y sentimiento paternal el acertado guión de Sue Smith y Kelly Marcel. Una historia ambientada en Los Ángeles y narrada con flashbacks en Australia para entender como Mary Poppins saltó del papel a la gran pantalla.

La película es en el fondo una doble ofrenda. Por un lado a lo que llamamos “los entresijos del cine”, todo eso que pasa detrás de las cámaras o antes incluso de que estas empiezan a funcionar y que pocas veces vemos. Y ahí nos encontramos: una escritora que coge un avión con rumbo a Hollywood, al chófer que la espera en el aeropuerto (notable una vez más Paul Giamatti con esas conversaciones que evocan a Paseando a Miss Daissy), un recibimiento juguetón en un hotel o el duro trabajo con los músicos y guionistas para preparar el guión.

Y por la otra cara nos encontramos con un claro mensaje al corazón de un padre. Esta no es una película para niños (o sí, según se mire), es una intrahistoria (de esas que tocarán la fibra sensible a más de uno) de la figura del padre. Para ser más exactos, Saving Mr. Banks es un regalo al vínculo paterno-filial.

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Es evidente que en nuestros primeros años de vida, y debido a la experiencia que en ellos vivimos con nuestro entorno paternal, se crea nuestra personalidad. En el caso de P.L. Travers, la personalidad de una ser solitario, triste y con cierto sentimiento de culpabilidad por acontecimientos del pasado. Todo esos miedos interiores quedan exteriorizados gracias una extraordinaria interpretación de Emma Thompson. Con semblante serio y vestida de inmaculado corte británico, la actriz londinense se cuela en esa señora maniática, enfurruñada con el mundo, alérgica a los dibujados animados y quisquillosa con todo cambio que se quiera hacer en su obra. No cabe duda de que su personaje es el pilar que se sostiene la película, y sin ella, probablemente esta no funcionaría.

Tom Hanks, para no perder la costumbre, se transforma (bigote incluido por supuesto) en un digno imitador de Walt Disney, que intenta desesperadamente que la Sra. Travers firme los derechos para la película. En los minutos finales, los dos actores comparten un té (primero la leche recuerden) en el que queda demostrado porque ambos llevan tantos años triunfando en este oficio. Por último, nombrar también a un interesante Colin Farrel en el papel del padre de la escritora.

Puede que a la idea le falta un poco de sustancia, quizás le pesa la falta de sorpresas o una gran escena para aligerar el ritmo narrativo, pero la verdad es que hay cierta magia en Saving Mr. Banks. No sólo desvela como se creó un clásico del cine, si no que además nos deja la estelar interpretación de una dama inglesa llamada Emma Thompson y por supuesto, nos recuerda lo bonito y necesario que es seguir soñando.

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