Siempre tendremos París

Dijo Alejandro Dumas: “La mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma, no deja dormir”. ¡Qué gran verdad! cualquiera tendría insomnio si se enamorara de una mujer así. Y cuando digo cualquiera, es cualquiera, incluido el mismísimo Humphrey Bogart.

Ya saben, el eterno galán, el duro y cínico con las féminas, el hombre de hielo. Sí, el mismo que en Casablanca deja que la mujer de su vida tome un avión con destino a Lisboa, aquí acaba rindiéndose a la mujer más bonita –el adjetivo es innegociable– que ha dado el cine.

Su plan de enamorar a Audrey y alejarla de su hermano para no estropear así un negocio familiar, le sale mal. Y es que no puedes tratar de enamorar a una joven de 22 añitos que te canta dulcemente “La Vie en Rose” en tu coche. No puedes intentar engatusar a una mujer que se preocupa en colocarte el ala del sombrero. Sencillamente, no puedes jugar con alguien que reluce como un diamante con esos trajes y esos tocados en el pelo. Porque si lo haces, estás perdido. Así era Audrey, las más bonita y siempre la más elegante.

Bogart al ver el error que ha cometido, está dispuesto a perder un negocio de 20.000.000$ para que la joven pueda casarse con su hermano. Así era él, el más frío y calculador, pero en el fondo, todo un caballero.

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Sin embargo, ella ya no estába enamorada de su hermano y este decide casarse con otra mujer para cerrar por fin el negocio. Es en este momento cuando el guión de Curtiz en Casablanca se apodera de ti y se vuelve contra Bogart. No quieres que otra vez la deje escapar, no quieres que Sabrina sea otra Ilsa y se arrepienta el resto de su vida. Es en ese momento cuando le recordarías sus inolvidables palabras: “Tal vez no ahora. Tal vez ni hoy ni mañana, pero más tarde, toda la vida

¿Fue el bueno de Humphrey capaz de tropezar dos veces con la misma piedra?

Si aún no conocen la respuesta, ya saben lo que tienen que hacer. Porque ver Sabrina es ver otro ejemplo de la comedia clásica. Tiene elegancia, encanto, simpáticos diálogos, una actriz que te hechiza y un espectacular duelo interpretativo entre dos galanes inolvidables.

Lo mejor:

– Audrey en la plenitud de su juventud. Cuando la miro, veo a una hermosa niña de 4 años con su sonrisa de oreja a oreja, y a la que le daría y permitiría cualquier capricho. Audrey siempre será “la niña de mis ojos”.

– El gran Billy Wilder volvió a demostrar como se puede hacer tanto con tan poco. Su talento era inagotable, te echamos de menos maestro. Ídem para Bogart.

Lo Peor:

– Siendo puntilloso y teniendo en cuenta la gran filmografía del director, no te quedas con la sensación de haber visto un peliculón. Pero para ser justo, tampoco se le puede exigir más. Billy se limitó a hacer algo sencillo y bonito, y lo consiguió con mucho éxito.

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